
El pasado 8 de diciembre se cumplieron dos años del fallecimiento de
Mirza Delibasic, uno de los mejores jugadores de baloncesto que hemos visto en las canchas. Jugó en el
Real Madrid y ahora que vuelven las emisiones de basket televisado en abierto no está de más recordar a uno de los jugadores emblemáticos que ha pasado por el baloncesto español.
Mirza Delibasic, durante el final de la década de los setenta y comienzos de los ochenta, fue para los que disfrutamos entonces del baloncesto uno de los jugadores más elegantes, más efectivo (las metía todas), menos estridente y mejor pasador que hayamos visto nunca.
Delibasic quedó campeón de la
Copa de Europa con el
Bosna de Sarajevo y campeón del mundo, olímpico y de Europa con una
Yugoslavia de ensueño. Mirza jugaba de alero, llegaba a los 30 puntos con facilidad -y eso que la canasta triple no existía- y metía pases al poste bajo que no se han vuelto a ver en las canchas.
Por aquella época sólo contemplábamos un partido a la semana por televisión, siendo una fiesta cada uno de ellos. Los jugadores se colaban en el salón de casa como si fueran de la familia. Eran los duelos inteligentes entre
Corbalán y
Pier Luigi Marzorati (bases); las posiciones ganadas titánicamente debajo del tablero por
Rullán o el eterno
Meneghin (pivots); los misiles israelíes de
Miki Berkovitch, la infalibilidad de
Walter Serzbiak, el momento clave de
Epi o la finta en el poste bajo de
Chicho Sibilio; eran los tiempos muertos de las incipientes canas de
Lolo Sainz y las veteranas del zorro
Gomelsky. O fue aquel salto a la grada en la Ciudad Deportiva del macabeo
Williams en busca del forofo que le había lanzado una moneda, la dejó vacía en un santiamén.
Héctor Quiroga -desaparecido y añorado comentarista- no salía de su asombro.
La NBA y los Dream Teams no existían para nosotros. Nos conformábamos con alguna visita de la Universidad de
North Carolina de
Dean Smith al tradicional Torneo de Navidad del Real Madrid, o con algún vetusto celuloide, que nos conseguía el jesuita
Juanjo Moreno, con los ganchos -después serían
skye hook- de
Lew Alcindor -después sería
Kareen Abdul Jabbar- en la UCLA de Wooden.
Vi a Mirza Delibasic en el
Eurobasket 89 de Zagreb. Estaba en la capital croata de comentarista para la Televisión yugoslava. Todavía recuerdo ese campeonato conseguido por
Danilovic,
Divac, los
Petrovic, etc. frente a la
Grecia clásica de
Yacnakis y del
pop art de
Gallis, y recuerdo a más de catorce mil croatas gritando enfervorizados ¡¡¡Yu-gos-la-via!!! ¡¡¡Yu-gos-la-via!!!. Unos meses después llegaría el desastre, el dolor, la guerra entre ex-hermanos y el sufrimiento.
Entonces nos enteramos que
Kukoc era croata, que el grandioso
Kresimir Chosic era serbio, y que
Mirza Delibasic era bosnio musulmán.
Este homenaje de hoy a Delibasic nos sirve para acercarnos levemente a unos años donde el baloncesto era adolescente y mágico. Unos años en los que conocíamos y soñábamos con jugadores de amplia huella. Luego llegaría la NBA, la ACB, la EBA, la LEB, la ULEB, los tremendos partidos diarios de la Copa Saporta... y el hastío. No me pregunten cómo se llama el base del Unicaja, pero sí por aquel pase de Mirza Delibasic a
Brabender cortando por el fondo mientras miraba impasible a la grada.