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El Sillón Bol

La Plaza Marte (Relato): El chino Ramírez

El chino Ramírez metió el puerco al corralillo, le echó de comer las cascaras del fongo que su madre había freído con manteca y se dio cuenta que para fin de año el animalito tendría el peso ideal. Estaba de vacaciones en la ebanistería en la que también trabajaba su padrastro, su verdadero padre había huido con una tremenda negra, otra de tantas, a La Habana donde tocaba los juegos.

El chino aprovechaba las vacaciones para no perderse ninguna mañana las tertulias de los fanáticos deportivos. Su especialidad era el atletismo, podía recitar los récords mundiales de 1.500 desde los tiempos de Sebastian Coe, sin contar las modalidades en que los cubanos han destacado: el salto largo, el alto, los cuatrocientos de Juantorena y los 800 de Ana Fidelia.

Dijo adiós a su mamá y le gritó que hoy llegaría algo tarde a almorzar. Le llamaban el chino, aunque su piel era puro chocolate con leche, porque todavía se adivinaban en sus ojos el origen cantonés de su bisabuelo, aquel que vino en el Orozco y trabajó en la lavandería de la calle Heredia. El chino tenía un amigo en el Morro que era guía de la fortaleza que se alzaba a la entraba de la bahía de Santiago, éste a su vez tenía una hermana que a veces le acompañaba y que cuando se abanicaba en la torreta las partes del chino se endurecían. Además preparaba un cocido criollo que hasta los ojos se le enderezaban.
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